2. Yonqui enamorada high-class

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2. Yonqui enamorada high-class

 

Nuestra primera “Alicia” del blog-consulta de hoy es una yonqui enamorada high-class, galerista de arte, casada y madre de tres hijos.

 

Alicia entra en mi consulta tropezando con estilo. Sus enormes gafas oscuras Tom Ford salen despedidas por los aires y desvelan unos ojos hinchadísimos de llorar. “No se puede caer más bajo”, me dice palpando el suelo. Pero sí se puede, pues subyace en la amor-adicción el espíritu del buzo, siempre rastreando a gran profundidad.

 

Tras el primer y bochornoso momento, propongo a Alicia que se siente y no se mueva mucho. Su síndrome de abstinencia no transmite mucha confianza y no quiero que me rompa el mobiliario de la consulta. Mientras compulsivamente mete y saca cosas de su bolso Gucci, comienza a explicarme que quiere tratarse porque su vida se ha convertido en “pipi et merde”.

 

A la pregunta “¿quién es él?”, Alicia aspira dos caladas de su Treasurer Gold tembloroso y suelta rápidamente el humo. Confiesa que  ya  antes  había  tenido  sus  aventuras:  Jorge,  Owen,  Peter, Sebastián… Pero que el principio del fin lo había marcado Tariq, un artista francés de origen malí al que había comisariado una exposición.

 

Tras el primer encuentro carnal con Tariq, Alicia empezó a frecuentar la vivienda-estudio de su nuevo amante para obtener su dosis habitual de lujuria. Por entonces, Alicia no caminaba, levitaba a un palmo del suelo. Se sentía invencible e inmortal. “Después de todo, solo es diversión: sexo, y nada más”, reía pomposa y enorgullecida frente a sus amigas envidiosas. Pero se engañaba a sí misma. Poco a poco el artista fue convirtiéndose en el centro de su vida sexual, amorosa, social e incluso financiera. Alicia no tardó en comenzar a gastar en él considerables sumas de dinero: sus viajes, su ropa, sus estancias en Mali donde el artista debía experimentar con pigmentos naturales para sus obras… Además, Alicia sabía cómo justificar ante su contable todos esos gastos desorbitados: eran una “inversión” que tarde o temprano revertiría en el negocio artístico. Pero nada más lejos de la realidad. En pocos meses, su cuenta corriente cayó en picado arrastrando, no solo a la galería hasta el punto de la quiebra, sino también poniendo en jaque el patrimonio familiar.

 

En cuanto a su vida social, las cosas no pintaban mejor. Las amigas del Club, una a una empezaron a huirla. Su soberbia monotemática era mal recibida, pues Alicia se pasaba las veladas alardeando de los bíceps y los pectorales de su amante tostado. Hasta que las vecinas de la urbanización le propinaron una puñalada trapera. Las muy zo**as la expulsaron del Grupo de WhatsApp de Fans de Fran (el entrenador personal). ¿El motivo? Tener un problema de amoradicción y no tratarse.

 

Claro que, en realidad, a Alicia todo esto realmente le importaba un bledo. Si tenía a Tariq, cualquier desgracia le parecía un chiste. El problema sobrevino cuando a Tariq le dejaron de brillar los ojos –y alguna otra cosa más– al verla. “¿Te puedes creer?”, me contaba la mujer en la consulta, “Tariq ya no me desea en todo momento. Dice que se cansa de amar. Pero yo quiero más de él, ¡necesito más!”. Tras haber pasado por el paraíso existencial, Alicia ahora despertaba en los infiernos. “Me ha utilizado”, lloraba. “Sólo fue un amor a primera Visa y claro, como ahora no tengo cash ni para bragas, ¿qué puedo ofrecer a Tariq?”.

 

El desenfrenado affaire llegó a su fin hace unos días. Alicia había estado diez minutos sin saber nada de su amante tostado: no había recibido ni un mensaje, ni una llamada, ni una señal de humo…, así que se dirigió a su estudio para pedirle explicaciones. Y él se las dio, ¡y tanto que se las dio! Por lo visto, Tariq no quería continuar con la relación si Alicia se pasaba su vida espiándolo, llamándolo, siguiéndolo, presentándose en su estudio presa de los nervios. ¿Presa de los nervios?, había recriminado Tariq. Alicia le gritó “pero si eres mío” y luego lo abofeteó. Y eso que aún faltaba poner la guindilla a la escena. Antes de largarse, Alicia se descalzó uno de sus Giuseppe Zanotti y con su fino tacón rajó tres o cuatro de esos cuadros abstractos de Tariq que no se sabe de qué carajo van.

 

“Salma”, me susurraba avergonzada Alicia en la consulta, “¿qué me pasa?”. Darling, el desamor es una enfermedad. Pongámonos a trabajar para curarte. Eso sí, a pesar del dolor que ahora sientes, nunca, nunca, dejes de amar.

 

Love,

 

Salma